Los títulos son la esencia del poemario, lo que queda en la retorta después del proceso alquímico: lo que estaba antes, en el origen; lo que generó el vector, la palabra.
Cuando hace apenas dos años Jaime Olmedo tomó de Valéry una de sus expresiones de mayor fortuna literaria para hablar de la poesía, desde el título animaba ya a buscar entre las oscilaciones de la palabra.
Si el título es marca, las citas son también determinantes: toda una biblioteca paralela, como los marginales de otro tiempo. Topología verdadera, activa en la memoria fragmentos de la Oda a Juan de Grial, la Epístola moral a Fabio, o el Cántico espiritual, para apuntar a la intención última de sus propios versos. Y están ahí, emblema cardinal para quien sepa leerlo. No en vano, escribimos para ocultar mejor lo que vedamos. La relevancia ética entre el decir y el mostrar nace aquí de Valla, Pérez de Oliva, de la Philosophia Christi, antes que de Hölderlin o Juan Ramón.
Aún sigo en los márgenes, en el querer ser del texto, no en el cuerpo del texto mismo, en un intento de acercarme a los poemas como nacieron, y deslindarme de la cárcel de la edición, tan cuidada. Pero, El Soneto Primero de Shakespeare, pórtico que ilumina el título y parece vertebrar la ordenación tripartita, me conducirá al Anhaga primigenio de Exeter, al Cantar de los Cantares, a las Danzas de la Muerte, para reenviarme, como el péndulo de Valéry, al centro del poemario: el Cántico B, nombre de la segunda familia de manuscritos, que hace resonar la reflexión moral de San Juan en otra clave. Nombrar el manuscrito hallado por García Valdecasas, y hacer de ello poesía con imitación compuesta, es algo más que meritorio.
Restaurar la lengua, esto es, la sintaxis, el léxico, las cesuras, la métrica, los símbolos, es restaurar al mismo tiempo la filosofía natural desde el sensorium, como Nebrija quiso hacer frente al canon nefasto, o Garcilaso frente al híspido Arte Mayor. Para Ibn Arabi, todo lo que llamamos Universo se relaciona con la divinidad; como la sombra o el reflejo en el espejo lo hacen con la persona, así, el mundo no es sino una sombra de Dios.
Toda esta tradición asimilada no distrae del brío de los endecasílabos y heptasílabos, la musicalidad de las asonancias, la aspereza o dulzura del sonus concordado con ánimos y asuntos, los fogonazos adjetivos, o el rescate de vocablos como conticinio, de rara envoltura órfica. Este último punto, la orfebrería del léxico que recama y reviste las ideas y vivencias es un trabajo de urdimbre tan precisa que dejaremos para otro momento su disfrute.
Abandonemos ya los verbos inventados, el uso de esa ese seminal silente, el tiempo aljibe, los patrimoniales en -al y -ar. Salgamos de los sistemas de organización simbólica del Ars Moriendi barroco. Cerremos un momento la habitación número trece del Leicester Hotel (página 61), y dejemos a Olmedo reposar.
Baste este último gesto para hacerme perdonar lo imperdonable: esta autopsia.